No sé cómo llego a estos extremos, pero cada vez que quiero
decir algo y no sé cómo hacerlo, acabo irremediablemente enterrada entre leyes
de física que apenas entiendo.
La Ley de Coulomb dice que “La magnitud de cada una de
las fuerzas eléctricas con que interactúan dos cargas puntuales en reposo es
directamente proporcional al producto de la magnitud de ambas cargas e
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa y tiene la
dirección de la línea que las une. La fuerza es de repulsión si las cargas son
de igual signo, y de atracción si son de signo contrario. La constante de
proporcionalidad depende de la constante dieléctrica del medio en el que se
encuentran las cargas.”
Me alegra, todo lo que le puede alegrar a
alguien una cosa así, que el tal Coulomb pudiera probar su ley, porque yo la
mía, a estas alturas de vida, no la he podido comprobar.
Aún no sé cuál era la distancia que nos separaba,
ni siquiera sé si había una línea que nos unía.
La fuerza, por mi parte, podía ser de repulsión
en ciertas ocasiones, aunque otras tantas, fue de atracción.
Aún no sé qué signo teníamos. No sé cuál era
nuestro medio.
Por una vez en la vida me gustaría saber que yo tenía razón.
Que no estaba equivocada. Me gustaría saber que en algún momento yo fui la duda
que tenías en mente. Me gustaría saberlo, porque si estaba equivocada tendría
que empezar a aprender a mirarme a la cara en el espejo cada mañana.
Me gustaría no saberlo, porque si estaba en lo ciento me va a
joder mis leyes establecidas, me gustaría no saberlo, porque si estaba
equivocada me va a pasar lo mismo.
No sé qué será peor, si vivir con la duda o con la respuesta.
