Ella sabía que Nana fue lo mejor de su vida. Que la foto de
la estantería no se movería nunca, como la cadena de su cuello. Que nunca lloró
como aquel día, como aquella semana, como aquel mes, como cada vez que se
acuerda de ella.
Ella sabía que la toalla azul era su favorita. Que el tazón
gris era el suyo. Que la cartera va en el bolsillo derecho trasero y el móvil
si no está en el bolsillo delantero izquierdo, está en la mesilla olvidado.
Olvidado como la sonrisa del niño de la foto de la estantería.
Ella sabía que él se había olvidado de quien era. Intentó
recordarle que era la misma persona que se sentaba con Nana cada tarde. Que era
los mismos ojos brillantes, las mismas manos cálidas, que era la misma bondad.
Él sabía que a ella no le gustaba dormir contra la pared, le
recordaba a estar despierta. Mejor siempre cerca de la puerta, la escapatoria
siempre cerca. Que ella tenía miedo. Era miedo.
Él sabía que las zapatillas hay que quitárselas al entrar en
casa, que hay que dejarlas bien colocadas, una junto a la otra, izquierda y
derecha. Si le rotaba un poco el plato, ella lo volvería a girar. Sus manías
eran graciosas, pero manías al fin y al cabo.
Él sabía que durante un tiempo necesitaría alguien que le
abriera las puertas, le alejara de la pared. Que ella no ve ventanas. Ella no
creía en las salidas de emergencia.
Ellos sabían que lo sabían. Durante un tiempo, no les hizo
falta saber más. Ellos sabían que la nieve se funde, la niebla baja, el
invierno vuelve.
Ahora nadie sabe nada de ellos.
