Aquellas palabras escaparon de su boca, convirtiéndose esa en la primera vez que no pensaba en las consecuencias. De hecho, empezó en su vida una época de no pensar en las repercusiones de sus actos, de actuar como un animal recién liberado de su jaula. Aquella noche, al conocerlo, marcaría el resto de su vida.
Sin apenas darse cuenta pasaban las noches corriendo entre la niebla. Huyendo de un futuro que estaba por venir, pero que aún así les perseguía desde que se conocieron. Los muros rojos fueron testigos mudos de dos vidas que se devoraban la una a la otra.
Todas sus copas de vino quedaban a medias. Los cigarros se consumían con la misma rapidez que ellos. El olor a sudor y lágrimas impregnaba el ambiente. El ímpetu de sus miradas hacía temblar los cimientos de un mundo que les pertenecía, al menos cuando estaban juntos.
La última vez que se vieron los gritos arrancaron de ellos la poca cordura que les quedaba. Un portazo seco cerró más de una puerta. Él salió de su vida, de la de todos.
Ella trató de olvidar las carreras entre la niebla, el sabor de sus copas vino, el olor a sudor y lágrimas de esas cuatro paredes, de cómo se vive sin pensar en las consecuencias.
No encontraba su mirada en los ojos de nadie. Una mañana, de manera fortuita, la descubrió en su propio reflejo. Fue entonces cuando se dio cuenta que es imposible dejar de lado las cosas que le hacen ser quién es.
Se dio cuenta que el olvido es un mito, y, si fuera cierto, una tragedia.

APLAUSOS.
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