jueves, 9 de mayo de 2013

Cross Road Blues



Cross Road blues (I).

Aquella mañana parecía una mañana cualquiera, pero Rachel no lo sentía así. Le costó retirar el peso que el nórdico ejercía sobre su cuerpo. A duras penas giró el grifo del agua caliente. Las gotas cayendo de la ducha, que solían relajarla, le irritaban profundamente.
 
Ya en la calle, enfundada en su chaqueta de cuero negro se puso el casco. Podía escuchar, ahora con más claridad, cómo su corazón latía como si quisiera implosionar, atraer todo el caos matutino y destruirlo consigo. 

El sonido del motor de su nueva Kawasaki ER 6 F ensordeció los latidos. Abrió gas y corrió como si le persiguiera el diablo. Bailar entre el tráfico, sentir que controlaba perfectamente sus movimientos le ayudó a dejar de escuchar a su corazón.

En su trabajo no cambió mucho la situación matutina. Frank, su compañero insoportable, era aún más insoportable si eso fuera posible. Susan aporreando las teclas del ordenador parecía un martillo hidráulico. Harry, el ligón de la oficina, seguía siendo igual de prepotente, pero algo más depravado.

A la hora de comer, se quedó sola con sus latidos en la oficina, si podía acabar pronto, e irse antes, no tendría que volver a ver a Harry sonreírle de medio lado a Karen. 

Guardar informe, enviar copia, cerrar sesión. “Al fin”, pensó Rachel, que bajó las escaleras corriendo, escapando del lugar por no bajar 11 pisos en el ascensor con Rick, el guardia de seguridad perfumado con Jack Danniels, adicto a no mirar a una mujer por encima del cuello. 

Por fin, de nuevo a solas con su reluciente Kawasaki. De nuevo, ahora con menos tráfico, aceleraba con la luz verde, a fondo, como le gusta vivir las cosas. De nuevo, el latido enfurecido de su corazón enmudecía. 

Llego a casa, tiró la mochila violentamente contra el sofá y sin pensarlo, se sentó en la mesa de su despacho, tomó un folio y comenzó a escribir. 

Redactó las cosas que no le había dicho nunca, ahora sin esfuerzo, sin borrón en el papel. Le contaba que apenas sin razón se acordaba de él. Que no sabe cómo fue capaz de expulsarlo de su vida, que no sabe cómo él fue capaz de expulsarla de la suya. Ahora, con perspectiva, se había dado cuenta que las malas palabras salían de sus bocas con la misma velocidad que los botones salían despedidos de sus camisas. Que sabía que se querían, pero que iban a tener que aprender a estar juntos, porque sería mejor que intentar olvidar cada día que lo estuvieron.

Dobló el folio. Escribió su nombre, Alex Johnson.

Volvió a enfundarse el casco, arrancar su moto, y ahora, sin tráfico, todo era sencillo, conducir en línea recta, aunque nunca le gustaron las cosas fáciles.
A lo lejos, el siguiente semáforo verde se volvió anaranjado. Con pulso firme aceleró, no había un minuto que perder. 

Apenas le dio tiempo a ver unas luces blancas aparecer por su derecha, demasiado tarde para frenar, en realidad, demasiado tarde para todo. Ahora sí fue capaz de dejar de escuchar el apresurado ritmo de su corazón.

Cross Road blues (II).

Nada más abrir sus ojos Alex notó que le faltaba algo. Miró al otro lado de la cama y encontró la respuesta, esa parte estaba fría. Cuando al fin decidió poner los pies sobre el suelo se dirigió a la cocina. El café ya no olía de la misma manera, las tostadas siempre se le quemaban.

Sentado ya en su despacho comenzó a redactar el artículo de la semana, a retocar y ordenar las fotos, a mandar los resultados. Comprobó su bandeja de correo, llena de mensajes con palabras vacías, encargos semanales, quejas de lectores. Contestó a todos lo mejor que pudo.

Preparó la comida, risotto, su favorito, de ella. Insulso, como la vida desde hacía unas semanas. Fregó su plató una y otra vez, absorto en sus pensamientos, hubiera borrado hasta el dibujo de los bordes si no fuera por los gritos de los vecinos. Echaba de menos hasta que le gritara.

Decidió ducharse, con la inestimable compañía de la música de Johnny Cash. De nuevo absorto en sus pensamientos, decidió que ahora era él el que tenía que pasar por el anillo de fuego. Salió apresurado de la ducha, se puso sus vaqueros favoritos, los que más le gustaban a ella, como la camiseta blanca.

Cogió las llaves de su coche. Arrancó. Paró el motor. Pensó por otro momento en qué le diría. Le diría que sentía todo lo que había dicho, lo que se habían dicho. Que lo sentía, porque la sentía a ella incluso cuando no estaba. Que a veces se despertaba por la noche y susurraba su nombre, Rachel, esperando que le contestara.

Arranco de nuevo, metió marcha, condujo esperando que todos se apartaran de su camino. No debía volver a llegar tarde, aunque esta cita no estuviera programada. 

Aceleró, los semáforos no entienden de gente que llega tarde. Apenas le dio tiempo a ver unas luces. Frenó en seco. Los cristales de su luna se resquebrajaron. Apretó el volante todo lo fuerte que pudo. Abrió los ojos. Le temblaba el cuerpo, el alma, pero consiguió bajar del coche. 

Una Kawasaki verde, un cuerpo en la lejanía. Una carta en sus pies.

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