El otro día escuche una canción.
Hablaba de ti y de mí. Cantaban con tu voz, o quizá me la cantabas tú en aquel
bar. Todo repleto de gente y como siempre tú en medio, saludando a propios y a
extraños.
Quizá no era una canción. Eran
copos de nieve cayendo como meteoritos. Rompiendo el asfalto y mostrando el
infierno. Las entrañas de la tierra, las tuyas, las mías, las de una noche que
nunca se repetirá.
Quizá no fue aquella noche.
Sucedió otra en una plaza, lo que relucían no eran los copos de nieve, eran las
luces de neón de bares en los que nunca me gustó entrar, pero en los que
siempre encontraba calor. El ardor de los tequilas, de un acento extraño, de
una calada mal tomada, de un “hasta siempre, nunca más”.
Quizá no era calor. Era la brisa
de la primavera que anunciaba el cambio de estación. De un tren que se va y
otro que se pierde para no volver a encontrarse. De un andén lleno de viajantes
sin destino, de maletas vacías, de mapas sin ruta.

No hay comentarios :
Publicar un comentario