Abres la puerta de una casa
extraña a las 9 de la mañana. Te ciegas con el fogonazo de luz. Piensas “¿Cómo
coño he llegado yo aquí?”.
Una vez que has quemado todo el
alcohol del cuerpo cuesta pensar con claridad en lo que ha pasado mientras tus
poros rezumaban ron barato. Con suerte, encuentras una pequeña sombra y te
enciendes un cigarro. El sabor a nicotina puede traer recuerdos muy dulces,
pero también muy amargos.
Entonces piensas “¿cómo coño
salgo yo de aquí?”. Comienzas a caminar y con cada paso sientes que te alejas. Arrancas
hojas del calendario, vacías litros de vino, copas de ron y cajetillas de tabaco.
Te bebes las noches y vomitas las mañanas.
No paras de caminar y cuando te
quieres dar cuenta has dado la vuelta al mundo, has abierto la misma puerta, te
has deslumbrado con el mismo sol y vuelves a preguntarte “¿Cómo
coño he llegado yo aquí?”.
Lo extraño es alejarte y acabar
llamando siempre a la misma puerta.

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