“Con toda acción ocurre siempre
una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos
siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto.”
Nunca he sido experta en física,
pero sí en encontrarle un sentido particular y propio a cada ley establecida. La
tercera ley de Newton, reinventada desde mi perspectiva, puede parecer la
explicación más racional que encuentro a lo que desencadenaron las fuerzas
realizadas y recibidas por ambos cuerpos.
Por esta norma, el cuerpo A,
primero en ejercer la fuerza, causó una reacción igual y en sentido contrario
en el cuerpo B. Lógico, B nunca ha sido una persona que confíe en la palabra
del primer cuerpo de materia que se le
plante delante. Por lo tanto, cuanto A más hablaba y más demostraba, menos lo
creía B.
En un punto de fricción, las
fuerzas se equilibraron casi milagrosamente. B empezó a creer en A, en las
posibilidades, la suerte, el karma y en todo lo que nunca había creído. El equilibrio
es un punto maravilloso, pero es solo eso, un punto. Inestable, perecedero.
Evidente, si no fuera perecedero, sería una línea, con fuga al infinito.
En el momento en el que el
equilibrio desapareció, el cuerpo B ejerció presión sobre el cuerpo A, y, como
es bien sabido, provocó en A una reacción igual y contraria sobre el cuerpo B.
Cuanto B más creyó, o A le hizo creer, menos creía A. Adiós al equilibrio, las
posibilidades, la suerte, el karma y a todo en lo que B había empezado a creer.
Cuando ambos cuerpos dejaron de
ejercer fuerza el uno sobre el otro, B se dio cuenta que estaba demasiado lejos
de su lugar inicial. Demasiado lejos como para acordarse de su camino de
vuelta. Demasiado perdido como para saber dónde se encontraba.
El cuerpo B pensó que por algún
sitio debía empezar. Y, ¿por dónde se empiezan las cosas si no es por la
Primera Ley de Newton? “Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o
movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado
por fuerzas impresas sobre él”.
Así, en su estado de reposo o
movimiento 0, B permaneció un tiempo sin tener idea de cuál era el próximo
cuerpo que le iba a golpear. El estado de movimiento 0, en el fondo, se parece
mucho al de equilibrio. No hay mucho de lo que preocuparse, todo parece estar
en orden a esa velocidad de movimiento. Otorga tranquilidad.
Si hay una primera y una tercera
ley de Newton, por lógica, no puede faltar una segunda. Este es el problema
actual. “El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y
ocurre según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime”.
Esto, claramente, explica que sobre B (objeto en movimiento) actúa una fuerza
neta (que podemos llamar C) que
modificará su estado de movimiento, ya sea cambiando la velocidad o la
dirección del movimiento. O quizá ambas.
Hasta aquí todo correcto. El
problema de B llega cuando ve aproximarse de lejos a la fuerza neta C, sin
haberse llegado a convertir aún en un “cuerpo C”. La fuerza neta C, desde la
perspectiva de B, es fascinante. Lo más fascinante que B ha visto en mucho tiempo.
En ese momento, B se empieza a
acordar de A sin saber muy bien el motivo. B siente la necesidad de hablarle a
A de la fuerza neta. B no pretende realmente ejercer presión sobre A, no quiere
otra colisión. Quizá B solo quiere que A le ayude a creer en las posibilidades,
la suerte, el karma, y en todo lo que una vez A le hizo creer.

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